…Y esa
chica, la del pelo negro que es capaz de saber si va a sufrir un accidente. Y
el hombre negro que hace creer que son trucos de magia, pero es verdad. También
aquel de la cicatriz en el ojo derecho, que puede persuadir a cualquiera, de lo
que sea… Tengo que empezar a escribir, ¡tengo que elegir! O no tendré tiempo…
empecemos con este mismo.
Me duele, todo está oscuro, no sé dónde estoy…
Huele a quemado, un incendio quizá. Sí, eso era. Padre me dijo que me
escondiera en el doble fondo de la alacena cuando unos hombres llamaron a la
puerta. Al principio fueron muy amables, le ofrecieron a Padre mucho dinero y le daban a firmar unos papeles,
aunque yo no entendía de qué iba todo aquello, sabía que venían por mí. En ese
momento no tenía idea del motivo, aunque no tardaría en averiguarlo… Padre
siempre fue tozudo como una mula, no dijo nada. Mas bien no dijo nada que se
pudiera entender, porque no paro de gritar hasta que murió desangrado por las
torturas a las que le sometieron. Como colofón le arrancaron la lengua a su
cadáver. “Ya que no sueltas prenda, no creo que vayas a usarla” dijo Alexei
Krwozca un hombre corriente de no ser por la cicatriz en su cara que recorría
verticalmente desde la ceja derecha hasta el mentón, el cual averigüé mas
adelante formaba parte del personal del KGB en la Rusia Blanca (ahora llamada
Bielorrusia) pero eso es algo que tendrá que esperar.
Dos granadas en el muro de carga hicieron desaparecer
todo lo que había conocido hasta entonces… mi hogar, Padre (la única familia
que tenía) y cuando los escombros y el fuego aniquilaron la alacena conmigo
dentro, también creí que era el final para mí. Pero aunque creáis que es un
alivio, despertar con quemaduras de cuarto grado en una pierna, los pulmones
abrasados por respirar dentro de ese infierno y algún que otro hueso roto
gracias a los escombros… No es la acepción de alivio que buscaba, desde luego.
Pero por lo visto, había algo en mí que no iba a dejar que muriera tan
fácilmente. Desde luego es confuso, sobre todo teniendo en cuenta que tenía 12
años y nunca en la vida había sufrido de ninguna afección o trauma grave.
Aunque en realidad lo más inquietante fue ver en tiempo real como mis heridas
se iban regenerando, como ya no me dolía respirar, es una sensación extraña
notar como se te recoloca la articulación de la mandíbula como el que se hace
crujir los nudillos…
¿Mi nombre? Zaqarias Immanol Emilianenko,
"Zaq" para mis amigos... si los tuviera. Soy una persona algo inusual
como ya habréis entendido. Puedo regenerar cualquier daño físico en mi cuerpo.
Pero aunque puede que os suene muy bien, es una cosa muy jodida, me explico.
Las películas son muy bonitas, todos esos
superhéroes que son zarandeados de un lado para otro, con equipos carísimos y
peinados de moda que en el último momento consiguen reunir una fuerza titánica
y derrotar al malo. Permitidme que os abra los ojos. La última vez que me caí
de un edificio me partí la columna a la altura de la vértebra torácica II. Perdí
el control de mis esfínteres (literalmente me cagué y meé encima) y tuve que
sufrir la pérdida de las funciones de mi diafragma, resultando en una “muerte” agónica
ahogado, y no hablemos del dolor...
Es una suerte que mi físico sea prácticamente
infalible, pero no mi mente. Los gritos de mi padre aun me despiertan en mitad
de la noche, empapado en sudor. Ah y si creéis que hay final feliz… Quizá
queráis conocer mi historia hasta el final. El origen de mi habilidad… Eso es
algo que es un misterio para mi aun hoy, aunque si tuviese que apostar… Nunca conocí
a Madre, Padre nunca me hablo de ella y yo nunca pregunté, seguramente por
miedo. Miedo a descubrir la verdad, fuese cual fuese. Ahora tengo miedo de
descubrir que provengo de un linaje de criaturas monstruosas y que quizá la
Iglesia Ortodoxa (y obviamente, el KGB)
esté tras de mí para, quién sabe ¿Exorcizarme?
Todos estos acontecimientos me llevaron a errar
por la entonces URSS en busca de algo que comer, un sitio donde dormir y con el
miedo de ser reconocido y perseguido de nuevo pisando mis talones. Viajé por
las estepas de Siberia sabiendo que al estar prácticamente deshabitadas sería
lo más seguro. Morí de hambre y de frio, solo para despertar después de la última
helada en la que fallecí, en casa de un anciano que vivía en mitad de la estepa
siberiana.
Leonid Rogozov me salvó, me acogió en su cabaña,
situada al Este de la estepa a unos 15 kilómetros de cualquier aldea habitada
(concretamente de Dauriya, su aldea natal) y a unos 30 kilómetros de la triple
frontera entre Rusia, Mongolia y China. Leonid se convirtió en un segundo Padre
para mí, me enseñó a cuidar de mí mismo, todo lo que sé sobre medicina también.
Trabajó para la Madre Patria en la estación de Novo Lazarevskaya en la Antártida.
Fue un hombre duro, durante su estancia en la Antártida sufrió una infección en
el apéndice que le causó una peritonitis. Al ser el único medico tuvo que
practicarse la cirugía a sí mismo. Os lo cuento por si creíais que todo fue un
camino de rosas mientras me convirtió en el hombre que soy hoy.
En el tiempo que viví con Leonid, descubrí que al
igual que yo, su padre fue asesinado. En este caso por oficiales nazis. Cuando
Leonid supo de mi historia, decidió criarme sumergido en un baño de odio hacia
el gobierno y hacia el KGB, a veces cuando se emborrachaba con lo que parecía
una provisión infinita de Stolichnaya incluso me hacía jurarle que mataría a
Alexei Krwozca y después iría por Boris Yeltsin. Pero también me ayudó a
descubrir más sobre mi cuerpo y su conveniente pero extraña habilidad. Poco a
poco nos dimos cuenta de que las tasas de regeneración de los tejidos se
acortaban si sufrían el mismo tipo de trauma de manera repetida. Así, las
fracturas que antes tardaban 2 o 3 semanas en curar, pasaron a tardar entre 30
y 45 minutos tras las pruebas. Aunque nuestras investigaciones eran limitadas
por supuesto, no teníamos material ni instalaciones adecuadas para nada y la
morfina es cara y difícil de conseguir, con que los experimentos no rebasaban
ciertos límites nunca y aún es incierto si soy… inmortal.
Después de varios años, acabe acostumbrado al
dolor y recolocar fracturas y dislocaciones era un juego de niños para mí, pero
no era un soldado ni mucho menos. Leonid era demasiado mayor para el frio de la
estepa así que decidimos mudarnos a San Petersburgo, donde conseguimos una
nueva identidad para mí, fue entonces cuando el segundo acto de mi vida empezó,
la venganza contra Alexei me movió hasta Minsk…
¡NO NO NO
NO NONONONONONONONOOOOOOOO, ya no puedo escribir más! ¡Donde te has metido
maldito ruso! Que jaqueca me da cuando se corta así el flujo, ahora tendré que
seguir buscando, seguir archivando, nunca acabare, son demasiadas historias,
demasiados archivos, demasiada gente, demasiada información. Café, necesito
café, no lograre acabar a tiempo…
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